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Agosto 15, 2007

ALTERIDAD, DERECHOS HUMANOS, IDENTIDAD Y DIVERSIDAD: DISPOSITIVOS FUNDANTES PARA UN DIÁLOGO INTERCULTURAL

En términos generales, el diálogo intercultural es “un intento, un espacio de facilitación y co-aprendizaje, que pone en una situación de aprendizaje y de relación a participantes de dos o más grupos de identidad social durante un tiempo prolongado. Estos grupos son generalmente definidos por ciertas categorías sociales como etnia, género, orientación sexual, religión, grupos migratorios y otros grupos sociales. Estas distinciones influyen en las percepciones y experiencias, así como los distintos accesos históricos y presentes que estos grupos han tenido o tienen al poder, a los recursos y los privilegios”.

En términos generales, el diálogo intercultural es “un intento, un espacio de facilitación y co-aprendizaje, que pone en una situación de aprendizaje y de relación a participantes de dos o más grupos de identidad social durante un tiempo prolongado. Estos grupos son generalmente definidos por ciertas categorías sociales como etnia, género, orientación sexual, religión, grupos migratorios y otros grupos sociales. Estas distinciones influyen en las percepciones y experiencias, así como los distintos accesos históricos y presentes que estos grupos han tenido o tienen al poder, a los recursos y los privilegios”.

“El diálogo intercultural gatilla aprendizajes que integran el incremento de la toma de conciencia y la capacidad de construir relaciones, a través del reconocimiento de diferencias culturales y de poder, reforzando las capacidades individuales y colectivas tendientes a promover la justicia social”.

“Los participantes adquieren ciertos conocimientos y habilidades específicas conducentes a participar en diálogos comunicativos, con el fin de permitir la indagación de sí mismos y para la exploración social. Aprenden a escuchar a otros y a formular preguntas, a reflexionar y compartir, a asumir riesgos que les permiten reconocer diferencias y aspectos comunes al interior de su grupo de identidad y con grupos de identidades diferentes. Todos éstos, aprendizajes y herramientas que emplean para implicarse y conducirse en el diálogo. Mediante el estímulo y el desafío que le presentan los facilitadores, los participantes exploran profundamente en asuntos personales y del grupo, y a través de los análisis de sus contextos reflexionan cómo estas situaciones actúan en la sociedad”.

“Los desacuerdos y conflictos que emergen de estos encuentros e intercambios son aspectos integrales para profundizar en el aprendizaje del diálogo. Mediante actividades estructurales y en los momentos de intervención los participantes indagan en los conflictos, comprenden las influencias personales y grupales en éstos y buscan formas de aproximar diferencias y desacuerdos”.

Ahora bien, en el diálogo intercultural se ponen en juego dispositivos sociales muy centrales, a saber: El reconocimiento del
Otro/Otra como legítimo Otro/Otra; el respeto de los derechos fundamentales; el reforzamiento de la identidad propia en el reconocimiento de la identidad de los otros/otras y la aceptación de la diversidad personal, social y cultural.

Mi presentación tiene como propósito mostrar cómo éstos dispositivos fundantes encauzaron y se fueron desarrollando en la experiencia de capacitación de facilitadores del diálogo entre jóvenes de las comunidades árabe y judía, que estamos realizando en Chile desde la Fundación Ideas con el patrocinio de la
Fundación Ford.

La experiencia de diálogo comenzó en enero del presente año
2007 convocando, en primer lugar, a un grupo de jóvenes profesionales de ambos orígenes. Éstos fueron llamados a un taller de diálogo con el fin de que se capacitaran como
“facilitadores de diálogo”. Esta capacitación se propuso con el fin de que ellos y ellas iniciaran con posterioridad un proceso de comunicación entre jóvenes universitarios de ambas comunidades de origen.

El taller de facilitadores tuvo como eje central el conocimiento y reconocimiento del otro/otra; jóvenes chilenos de origen árabe y judío. La pregunta que estaba tanto explícita como implícitamente en el taller era “saber” quién es el otro/otra. Pero no como un saber sólo descriptivo y ontológico; conocer el ser del otro/otra en términos objetivos, neutrales, sino que por sobre todo penetrar en el otro/otra, en sus emociones y subjetividad. Aproximándose al otro/otra través de sus narrativas y sus historias personales y colectivas, y estableciendo vínculos afectivos.

El término de alteridad refiere precisamente al descubrimiento que el "Yo" hace del "otro/otra", lo que hace surgir una amplia gama de imágenes del "otro/otra", del "Nosotros", así como visiones del
"Yo". Tales imágenes, más allá de múltiples diferencias, coinciden todas en ser representaciones.

El ejercicio de incursionar en el otro/otra, en el taller, se planteó con el sólo propósito de “acogida”, de “recepción”, de “apropiación” desinteresada del otro/otra. Una variedad de dinámicas vivenciales que se emplearon en el taller fueron abriendo gradualmente la “caja de Pandora” de quién es el otro/otra. El “quién” de los facilitadores fue aflorando en toda su complejidad: en sus dolores y alegrías; en sus temores y sospechas; en y con sus prejuicios y estereotipos e intolerancias; en sus recelos y desconfianzas; en y con sus seguridades y aprensiones. Las risas se escucharon, pero también las lágrimas surgieron cuando se contaron historias personales y familiares. La
intersubjetividad transversabilizaba las interacciones sociales de los facilitadores.

A través de aclarar qué es el diálogo y cómo se diferencia de la discusión y el debate; esclarecer qué es la comunicación interactiva y la toma de conciencia de los factores que influyen en la relación intercultural/grupal, irrumpió el concepto de la cultura y el de la identidad.

Culturalmente hablando, los facilitadores se reconocieron como sujetos pertenecientes a un pasado común pero diferente, a una identidad distinta pero compartida. Este mutuo reconocimiento identitario se constituyó en un lugar de innovación, creatividad y recreación. En efecto, progresivamente se fueron reconociendo elementos culturales cercanos a ambas comunidades de origen: comidas, músicas, rituales, símbolos e historias de vida, entre otros.

La cultura identitaria fue el espacio que abrió los canales para que los facilitadores hablaran, discutieran y deliberaran sobre los temas instalados en sus vidas cotidianas y en sus historias personales, tanto familiares como comunitarias. Conversaron sobre su educación, sus comunidades, sus membresías en determinados grupos sociales, sus sentimientos de pertenencia e identificación con sus comunidades originarias y de otros tantos temas y problemas que los afectan como personas y como colectivos.

Establecer un diálogo en torno a la identidad exigió, sin lugar a dudas, atravesar barreras a veces espinudas y embarazosas. La psicología social que ha estudiado el tema de las identidades, así como lo ha hecho la antropología social, han señalado que las identidades se instituyen en el reforzamiento de los rasgos
identitarios, por lo general a costa de traspasar fronteras infranqueables, demarcando espacios intransitables entre una identidad y otra, y en ocasiones levantando prejuicios, estereotipos y discriminaciones con respecto a otras identidades. Los prejuicios e intolerancias fueron temas centrales del taller.

La experiencia de diálogo que vivieron los facilitadores se abocó a analizar siempre a través de dinámicas o discusiones abiertas las características de las identidades sociales que definían a cada grupo comunitario. El propósito era mostrar que si bien hay rasgos identitarios que los diferenciaban, había otros aspectos que los aproximaban; que era posible entrar a las identidades de los otros/otras, sin que esto significara claudicar o ceder frente a la identidad propia; que al conocer y abrirse a las identidades de los otros/otras se expandía la mirada y de esta manera se enriquecía la propia identidad; que levantar barreras interidentitarias imposibilitan la comunicación y las relaciones interpersonales, se incrementa la desconfianza y por sobre todo obliga a enclaustrarse y empobrecerse cultural y espiritualmente.

Expresiones cómo: “Por primera vez me doy cuenta que no permitirme entrar a conocer quiénes son los judíos en Chile, me limitaba en el reforzamiento de mi propia identidad, que había necesidad de abrirse con confianza y no de sospecha”, dan cuenta de lo anterior. De cara al reconocimiento del otro/otra como un legítimo otro/otra en su propia cultura e identidad, el tema de la diversidad se asumió a partir de los facilitadores como parte constitutiva de la experiencia de diálogo a la que fueron invitados.

Desde un comienzo, los facilitadores tomaron conciencia que había que aceptar la asimetría multicultural que significa dialogar con personas de orígenes diferentes en lo social, cultural y religioso, político e ideológico. La diversidad, que a veces se define como pluralidad, "es un hecho fáctico de toda sociedad en la que existe una variedad no coincidente de creencias, convicciones, sentimientos y puntos de vista acerca de asuntos que se repuntan importantes. Tales como el origen y finalidad de la vida humana; la relación del hombre con una posible divinidad; la idea de vida buena y los medios necesarios para alcanzarla; la organización y distribución del poder, etc." (Squella, 2000:447) .

El taller de diálogo se convirtió en gran medida en un espacio de aprendizaje para convivir con la diversidad, tarea no fácil.
Encontrarse con la diversidad no es algo conquistable y accesible de manera sencilla. Especialmente cuando no se tiene la suficiente flexibilidad y apertura para aceptar valores distintos, costumbres disímiles, hábitos diferentes, miradas opuestas, tonalidades distintas. Lidiar con la diversidad es un aprendizaje que no se logra con un solo encuentro. En especial cuando se descubren dos grupos que llevan en sus espaldas el peso del conflicto de Medio Oriente.

Si bien este conflicto no constituía el centro del accionar del taller, estaba presente. No hubo intento de ocultarlo o invisibilizarlo, aunque hubo temores en cuanto a que éste podría haber puesto en riesgo la sobrevivencia del diálogo, dando lugar a un debate de alta complejidad. Afortunadamente, y de manera adecuada, a través de una conversación entre pares un joven judío y un joven árabe se abordó el conflicto una vez que se había establecido una relación respetuosa y dialógica entre los facilitadores.

Hacer del taller de diálogo una instancia educativa para el encuentro en la diversidad, significó para los facilitadores de diálogo aprender a escuchar profundamente, con atención; suspender el juicio; identificar y reconocer prejuicios y supuestos, aprender a mirar de frente, aunque esa mirada cause sufrimiento, angustia, impotencia, aprender que no se puede dar la espalda y decir: "no es asunto mío", aunque no sea asunto mío; o decir: "por qué yo... que se preocupen otros, los más cercanos", aunque sea yo el más lejano de los lejanos.

Los derechos humanos, si bien no se explicitaron en el taller, estuvieron presentes de manera transversal y permanente. En rigor no es posible entablar un diálogo si no nos asiste la plena convicción y actuamos en consecuencia de que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros” (articulo No 1 de la
Declaración Universal de Derechos Humanos”, 1948).

En el taller se actuó en consonancia con el derecho a la libertad de pensamiento, de opinión, de conciencia y de religión o de creencia (art. No 18 y 19). Nadie fue impedido de decir lo que pensaba y sentía; a expresar libremente su opinión; se dio la oportunidad a que se desplegaran libremente las creencias individuales sin temor alguno de ser discriminado. Por el contrario, se estimuló a que se expresaran libremente las ideas. Había una conciencia sobrentendida que la discriminación, la intolerancia, la exclusión, las descalificaciones son prácticas atentatorias a la dignidad humana, por ende a los derechos humanos, y no podían ser parte del diálogo.

Para finalizar, cabe señalar que si bien el taller de facilitadores de diálogo, entre profesionales de las comunidades árabe y judía, es una experiencia puntual, acotada, limitada, nos ha permitido comprender desde la experiencia vivida el sentido profundo del diálogo intercultural, sus dispositivos fundantes y por sobre todo, a valorar en su real dimensión cuál es el significado del encuentro de mundos distintos que entran en relación y establecen formas culturales o comunicacionales comunes. “El tejido intercultural es, entonces, el resorte de nuestra forma propia de apertura al mundo; y la superación de la dialéctica de la negación del otro como exigencia fundamental para nuestra integración social y para la consolidación de una cultura democrática. Sobre dicha base es posible la construcción de una moderna ciudadanía” .

Posted by abraham at Agosto 15, 2007 02:52 PM

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