Un antecedente interesante. Hasta ahora y desde que se inició la democracia, los estudiantes se manifestaron año tras año por una demanda muy específica: la falta de financiamiento para los estudios superiores. Por su parte, los escolares sólo se habían movilizado por el pase escolar (el año 2001), en una protesta que tuvo mucho más de rebelión frente a la injusticia y la transparencia, que el costo y la administración que cuestionaban. Lo sorprendente es que, cuando tras largo esfuerzo desaparecieron o se debilitaron los argumentos para estas demandas (este año empezó a operar el nuevo sistema de crédito y por primera vez, becas y créditos se asignaron antes de que empezaran las clases), irrumpió este potente malestar estudiantil que finalmente se concretó en una nueva demanda : la calidad de la educación. Los estudiantes fueron expandiendo sus planteamientos desde el cobro de la PSU y la gratuidad del transporte, hasta la revisión de la jornada escolar completa y el cambio de la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza. Lo que en definitiva están expresando los jóvenes es un malestar que, por una parte tiene que ver con la desigualdad de oportunidades y, por otra, con la sensación de que lo que están estudiando en el liceo no les interesa, ni les sirve.
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Por otra parte, paradojalmente, hay una percepción opuesta desde las familias: ellas están contentas con la educación que reciben sus hijos, porque ven que están alcanzando niveles de estudios que ellos no se soñaron. No sólo es una visión positiva, sino además conformista. Con ambas percepciones – la fatalista y la complaciente- deberán lidiar las nuevas autoridades, porque ninguna de ellas sirve para abordar los desafíos del futuro.
]]>Segundo, el pueblo zanjó la larga y descarnada disputa por el liderazgo de la derecha. El triunfo de Piñera significa que los ciudadanos respaldaron un proyecto que rompe definitivamente con el pasado pinochetista representado por la UDI y que busca situarse en el centro político enarbolando los valores de la democracia y el manoseado “humanismo cristiano”.Lo cual es bueno para Chile y su democracia, pero amenazante para la Concertación.
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